En mares fríos bajo auroras boreales, yo, el actual capitán del buque-faro, encontrábame absorto leyendo cuando entreví un tomo pesado y polvoriento. No era sino el diario de mi difunto predecesor al mando del navío, un anciano y corpulento marino de coleta blanca y olor a pescado, al que apodaban Cormorán. Por mi naturaleza inherentemente curiosa, me hallé soplando sobre las tapas y hojeando el diario que, para mi sorpresa, resultó ser algo más parecido a un libro de cuentos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario